Astilleros corrientes fue alguna vez uno de los más grandes y prestigiosos de Argentina. A finales de los años 80, su propietario, Miguel Gutnisky, en pleno auge de la industria naval en el país, celebró un contrato millonario para la construcción de un carguero de productos químicos. El armador le encargo un buque Uros-Z de 107 metros de eslora y 15 metros de manga, bodegas de acero inoxidable para almacenar 600.000 toneladas de producto y el motor más moderno del momento. Pero el armador quebró y el proyecto quedó trunco. El buque nunca se terminó y su casco quedó abandonado en una amarra del astillero. Hasta la semana pasada, que una creciente lo dejó a la deriva. Así navegó aguas abajo, hasta que lo detuvo un banco de arena. El “barco fantasma” pronto se hizo famoso en Argentina, aunque Gutnisky asegure que tiene poco para celebrar.

“El barco no es mío, es del Gobierno nacional, que compró la quiebra del armador y se hizo cargo del buque con la idea de seguir con su construcción. 20 años después ni construyó ni retiró el casco del astillero, a pesar de las promesas. Y así estamos ahora, obligados a armar un remolcador para rescatarlo y llevarlo de nuevo al astillero. Ya lo agarraron, no está navegando, pero espero que algún día al menos me paguen este flete”, lamenta Gutnisky.

“Ahora nos deben millones por cuidarlo durante tantos años, pero por desgracia nadie nos atiende, ni este Gobierno ni los anteriores. Fuimos a la oficina que se encarga de las vías marítimas y nos dijeron que no pueden hacerse cargo porque el buque no tiene matrícula ni tiene nombre. En la práctica es un casco en construcción”, dice Gutnisky.

El buque es un monumento a la crisis que vive el sector naviero argentino, hoy reducido en casi su totalidad a la reparación de usados. El barco fantasma es entonces la evidencia de que hubo tiempos mejores, años en los que se exportaba a Europa y Estados Unidos, se fabricaban plataformas petroleras y hasta buques de guerra. Todo se terminó con el gobierno de Carlos Menem, en los 90: las fronteras se abrieron indiscriminadamente a la importación de barcos de segunda mano y se liquidó a la industria local de buques nuevos.

El paso del barco por la costa fue la postal del fin de semana en Corrientes, al norte de Buenos Aires. Enseguida se convirtió en el “buque fantasma del Paraná”, una rareza a la deriva en la vía de agua que es la principal del Mercosur. “El caso puede venderse y a nadie le preocupa. Sólo el motor que tiene debe valer unos dos millones de dólares. Está nuevo, sin uso, con su caja y su hélice, listo para funcionar”, dice. “Y los tanques de acero inoxidable cuestan millones. Se pensó para transportar productos químicos, peligrosos, era un gran barco. El Estado podría recuperar parte del dinero si lo intentase”, explica. La foto del carguero sin rumbo circuló por las redes sociales y pronto se hizo viral. Pero solo unos pocos se preocuparon por conocer su historia, que es la de una derrota.