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El cazador, cazado

Por Rosy Orozco

El final de uno de los padrotes más violentos que ha engendrado el país tiene dos inicios distintos: el primero, cuando la valiente Karla Jacinto decidió denunciarlo tras cuatro años de cautiverio con fines de explotación sexual bajo sus violentas órdenes; y el segundo, cuando la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda le congeló las cuentas bancarias, obligándolo a vivir a salto de mata hasta su reciente captura.

Del primer inicio es responsable una de las jóvenes más intrépidas que conozco y cuyo tesón la ha convertido en líder de la nueva generación de defensoras de derechos humanos especializada en el combate a la trata de personas.

Ella, Karla Jacinto, fue cooptada por Gerardo Altamirano Campos, conocido como El Cepillo, afuera de la estación del Metro Pino Suárez, de la Ciudad de México, en 2004. Como a muchas de sus víctimas, la enamoró, le pidió que dejara a su familia para irse a vivir con él y ya con ella prendida a su falso romanticismo, la forzó a prostituirse en Puebla, Guanajuato y Jalisco.

Fueron más de 40 meses en los que ella calcula que fue violada unas 43 mil veces, debido a las poderosas conexiones de El Cepillo: el padrote tenía nexos en policías estatales, y hasta en oficinas del viejo Instituto Federal Electoral, donde obtenía credenciales de elector apócrifas para sus víctimas menores de edad, como Karla Jacinto, secuestrada por él a los 12 años.

De no haber escapado gracias a un cliente encubierto, probablemente la ahora activista habría engrosado la vergonzosa cifra de feminicidios.

Esas conexiones hicieron de El Cepillo un criminal escurridizo que parecía tener ojos e informantes por donde pisara.

Numerosos operativos fracasaron cuando se estrellaron con la protección que recibía de autoridades locales y de sus vecinos en Tlaxcala. Pero, como siempre sucede, su suerte se acabó cuando una víctima habló.

Del segundo final fue responsable el equipo liderado por Santiago Nieto, quien cumplió su promesa de preferir la inteligencia a la fuerza frente a los criminales. Después de ahorcarlo financieramente, Gerardo Altamirano Campos fue detenido en un operativo sin un solo disparo en el sureste del país, gracias al trabajo coordinado entre la Agencia de Inteligencia Criminal y la Procuraduría de Tlaxcala.

Versiones periodísticas aseguran que el antes millonario padrote fue cazado pobre y con miedo. Que la voz le temblaba y pedía que lo dejaran libre, como se lo suplicaban sus víctimas. Ningún agente le tuvo clemencia y hoy está preso sin los lujos que acumuló vendiendo a mujeres desaparecidas.

El final de El Cepillo también tiene una lección para todos: cuando autoridades eficaces trabajan de la mano de denunciantes valientes y sociedad civil que las acompañan, ni siquiera el criminal más violento tiene oportunidad de escape.

Hoy, Karla Jacinto está libre, feliz y realizando sus sueños; hoy, Gerardo Altamirano Campos está encerrado, abatido y temeroso de vivir entre internos que no toleran compartir sus celdas con un abusador de menores como él.elheraldodemexico

POR ROSI OROZCO

COLABOLADORA

@ROSIOROZCO

 

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