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ENSAYOS LIBERALES

EL HITO DEL CRISTIANISMO, EL MOJÓN DEL MODERNISMO

Todo pueblo que pierde los hitos de su cultura, está condenado a la desaparición más vergonzosa, pues en lo más bajo que puede caer un pueblo, es en no reconocerse a sí mismo y permitir así la humillación de su cobarde desintegración.

Como es costumbre en estos ensayos, para saber de qué estamos hablando, será útil recordar qué es el modernismo, confiados en que no sea necesario explicar qué es el cristianismo.

El modernismo es la afición excesiva a las cosas modernas con menosprecio de las antiguas; es aquel movimiento religioso de fines del siglo XIX y principios del XX, que pretendió poner de acuerdo la doctrina cristiana con la filosofía y mentalidad de la época, favoreciendo la interpretación subjetiva y sentimental de conceptos religiosos, y una exégesis bíblica racionalista, que llevaron a un cúmulo de errores religiosos.

Esta actitud moral e intelectual ya fue condenada por Pío X (creador del juramento antimodernista vigente hasta su abolición por Pablo VI en 1967) en la elocuente encíclica Pascendi Dominici Gregis, donde advierte claramente de sus peligros y contradicciones.

Un peligro especialmente grave de este movimiento es la desintegración del carácter de los pueblos, diluyendo en el caldo ácido de la globalización y de la homogeneización, el criterio personal y nacional.

La actualización del modernismo se llama hoy Nuevo Orden Mundial, que se ha convertido en una especie de cajón de sastre, donde caben incluso ideologías casi antagónicas, pero que suman sus esfuerzos en su propósito para la anarquización del mundo conocido; todo sirve para conseguir la deseada desestabilización de la sociedad, para subvertir su orden y sus valores tradicionales, esos que siempre sirvieron para dar guía, fortaleza moral y certidumbre.

Perdida la capacidad de criterio para reconocerse a sí mismo, un pueblo es fácil presa de cualquier ideología novedosa.

Baste para certificar esto, el cambio de argumentos de la antigua izquierda libertaria, al dejar atrás la caduca excusa de la opresión obrera por el capitalismo, por la más moderna ideología de género, que tanto juego le está dando para cumplir con aquel famoso aserto leninista: Utilizaremos a los idiotas útiles en el frente de batalla. Incitaremos al odio de clases. Destruiremos su base moral, la familia y la espiritualidad. Comerán las migajas que caerán de nuestras mesas. El Estado será Dios.

¡Y de cuantos idiotas útiles disponen hoy!, sometidos al sentimentalismo y a la tirana más grande de la humanidad: la ignorancia.

La plutocracia se alía con la izquierda, el progresismo más radical se infiltra en las aulas vaticanas, y el derecho a cualquier desatino es utilizado para la desestabilización de la tradición de los pueblos, otrora fuertes por sus convicciones y fidelidad a su linaje. Un pueblo que cree en sí mismo y se reconoce, es un pueblo irreductible.

El catolicismo, que es cristianismo original, y tiene vocación universal, no anula o embota la capacidad crítica individual o cultural para reconocerse, por el contrario, lo purifica y enaltece, pues en su propio decálogo (los Mandamientos de la Ley de Dios) está implícito en el cuarto mandamiento el amor, y por tanto la defensa, a la patria.

Se hace en este momento importante la distinción entre cristianismo y cristiandad. Cristianismo es la religión cristiana, el gremio de los fieles cristianos, el conjunto de las creencias y preceptos de la religión, que se pueden practicar en cualquier situación y ámbito.

Pero la Cristiandad es, en el sentido más trascendente, la integración de aquellos principios en la sociedad, cuando se hacen inmanentes a una cultura, a un pueblo, porque la religión, además, también es cultura: El arte, la economía, la política, la vida y relaciones humanas, las leyes… El cristianismo integrado y guía en la cultura y la moral.

El relativismo, represor de la verdad, es un elemento fundamental para conseguir la sociedad homogénea, que propugna ese nuevo e idílico orden para todo el globo, pues adormece la razón y genera en el buscador de la verdad y el bien una incertidumbre que somete el intelecto; opio del alma.

El gran enemigo de la sociedad homogénea es la tradición, las sociedades orgánicas: familia, municipio, gremios, religión, patria, por eso son estos los objetivos prioritarios de destrucción. La sociedad, pare serlo realmente, no debe ser uniforme, consecuencia del hombre masa, sino armónica y justa.

Hoy más que nunca se reprime la reflexión individual, hoy más que nunca la razón queda sometida y embrutecida por el adoctrinamiento de los medios; antes, este pérfido sometimiento de la razón y el bien, era más lenta, más regional, pero ahora es diabólicamente inmediata, no ya rápida, inevitablemente universal.

No existe pueblo ni cultura que sobreviva a la crisis del alma, y esta es por tanto la estrategia esencial, esta es la clave: corromper el alma de las personas y los pueblos, a través de las nuevas y espurias ideas de igualdad y libertad, de la satisfacción (y justificación) de los más bajos instintos.

La sociedad no es simplemente una colectividad; la sociedad tiene como fundamento el ser orgánica, tener espíritu, calor humano, por eso se entiende la obsesión radical y necia por la destrucción de todo aquello que la hace orgánica y fuerte, cabal y caritativa; contra todo aquello que la dignifica.

Para poder crear en las sociedades una especie de enfermedad moral autoinmune, autodestructiva, han inyectado el virus de la modernidad, que no cree en nada, pero que se justifica y emponzoña con la treta más antigua: la libertad; por fin la libertad total, absoluta, sin restricciones, feliz, sin ataduras, sin el tremendo y sacrificado sentido del deber, sin responsabilidades. El más divertido y total egoísmo.

Terminemos este ensayo pasando la pluma a quien más lo merece, al gran maestro de mi padre, a D. Gregorio Marañón, insigne médico y ensayista, que tan bien sentencia con sus sensatas y bellas afirmaciones: La libertad verdadera no nace del libertinaje, sino del rudo deber; y también la cultura… hemos olvidado que el uso inmoderado de la salud engendra la enfermedad y la degeneración; y que la salud perdida sólo se recobra con medicinas dolorosas, que son las fuertes disciplinas.

Mucha lucha nos queda por delante a los que no queremos o no sabemos claudicar.

Amadeo A. Valladares Álvarez

NT

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