La casa número 6 de la antigua calle de la Flor Alta, única que en esa calle tiene balcones y da su vista al Sur, estuvo por muchos años deshabitada, porque sobre ella corrían muchas leyendas de espantos y sucedidos, que cada día influían más en el ánimo de los vecinos.

 casa-de-la-zacatecana

Investigando el origen de ello con antiguos vecinos, testigos presenciales del desenlace de la historia, me encontré que allá por los años de 50 del pasado siglo, vino a establecerse a esta ciudad un matrimonio que decía ser de Zacatecas, cuyo varón se decía que era  propietario de algunas acciones de minas en aquella región minera.

Compraron la casa mencionada y le dieron una buena restauración y continuaron viviendo al parecer sin muchos problemas, acompañados únicamente de sus criados, pues el Cielo  les había privado de descendencia. Vestían correctamente y se les veía siempre muy unidos en los templos y paseos, al parecer, muy amables. Repentinamente desapareció el rico minero de la escena  y “La Zacatecana”, su esposa, solía decir que había ido a si tierra a resolver ciertos asuntos mineros; pero alguien de su servidumbre refirió que una noche La Zacatecana mandó asesinar a su marido, asesinando ella en seguida al asesino, y enterrando ella a los dos en casa.

Con excepción de una criada de mucha confianza, nadie tuvo el más leve indicio de aquella escena.

Transcurrió el tiempo y el vulgo en sus eternas hipótesis, viendo que el marido de La Zacatecana no venía, juzgó que se habían divorciado, quedándose él en su tierra con sus familiares.

El año 59, llamado de la Aurora, por el mes de abril, amaneció en la banqueta que ve a la antigua plazuela de las Tamboras y cerca de la puerta de la casa de un compadre del testigo presencial que esto me refirió (que hoy tiene 82 años) el cuerpo de La Zacatecana, acribillado a puñaladas, lo cual causó honda sensación no sólo en el barrio, sino en toda la ciudad.

¿Quiénes fueron los autores de tal asesinato? Nadie lo supo, pues las criadas sólo declararon que la señora se retiró como de costumbre a su pieza en la parte alta y ellas dormían en el momento del acontecimiento.

El Juez que conoció el hecho, por las huellas que se encontraron, llegó a esta conclusión: los asesinos penetraron por uno de los balcones sigilosamente, la asesinaron, quizá dormida, y nada robaron; y por la misma escalera que ocuparon para subir, bajaron el cuerpo de la desventurada Zacatecana, llevándola a tirar a la  vuelta con objeto de despistar a la policía, y que aquel crimen fue el resultado de alguna venganza personal que más tarde se sabría.

Pasó el tiempo y nadie volvió a hablar de aquello, a excepción hecha de los vecinos, que, como sucede en tales casos, inventaron muchas fábulas de ruidos, espantos y apariciones nocturnas, con lo cual se logró alejar a los inquilinos por muchos años.

En 1906, llegó la casa de referencia a poder del Lic. D. Francisco Veraz, quien la restauró casi en su totalidad interiormente; él me refirió que en unos subterráneos había encontrado dos osamentas de cadáveres humanos en estado muy deteriorado…

 ¿Serían éstos los pertenecientes a los asesinados  por La Zacatecana?…Yo no lo sé, pero hay coincidencia.

El bachiller y congregante don Antonio Caro, a quien también el autor conoció bastante, refirió muchos años después que la víspera del asesinato de La Zacatecana ,como a los diez de la noche ,ya en momentos de recogerse, tocaron el zaguán, y vio a dos señores muy decentes parados en la puerta. Habló por la ventana, aquellos señores dijeron que venían a solicitar sus auxilios espirituales para una enferma

En el acto, y ya en el coche, notó que los tres que le acompañaban portaban antifaz de media cara hacia arriba, y por ello, porque nadie le dirigía la palabra, comprendió que, o se trataban de secuestrarlo o iba a sucederle alguna otra aventura.

El coche dio vueltas y revueltas por más calles  y más calles para despistarlo, y después de muchas idas y venidas paró, al tiempo que uno de ellos vendó al padre con una mascada, diciendo: Con permiso, padre, nada tema; pero todo esto es muy necesario”. Bajaron y uno de ellos, con su llave abrió el zaguán, y otro le condujo del brazo hasta la pieza de la enferma, y el otro quedó con el cochero. Subieron una escalera y, penetrando a una pieza, lo desvendaron, y quedándose en la puerta le dijeron que allí estaba la enferma, y sólo uno de ellos, habiéndolo sedado antes, lo condujo del brazo hasta ponerlo de nuevo en el coche, dándole al final las gracias con muy atentas maneras.

El coche volvió a sus idas y venidas hasta llegar a la casa del padre. El único que acompañó al padre en su regreso lo desvendó antes de bajarle dio las gracias y excusas y se despidió montando en seguida en el coche, que muy pronto se desapareció al dar vuelta a la esquina.

Al día siguiente, al oír referir el padre el macabro acontecimiento de la noche anterior, y tomando el hilo de la historia por la analogía de la escalera de la casa, solucionó el origen de la aventura nocturna anterior; pero el sigilo impidió que refieres una palabra de lo acontecido, hasta que el transcurso de los años hizo desaparecer de la escena, no sólo a los autores de aquel crimen, sino aún la memoria de aquel hecho que tanto conmovió a la sociedad de mi amada tierra.

Y desde entonces hasta hoy, esa casa es conocida con el  nombre de “CASA DE LA ZACATECANA”.

Comentarios

comentarios